Rojo oscuro casi naranja

El pasado sábado se cumplieron dos meses desde las Elecciones Generales celebradas el pasado 20 de diciembre. Sesenta y siete días lleva España desgobernada. Sesenta y siete días de reuniones, pactos, negociaciones, mesas, y algún que otro escándalo que han fructificado en la nada más absoluta. El acuerdo suscrito este miércoles entre PSOE y Ciudadanos tiene, por el momento, la misma eficacia en la práctica que el suscrito entre el quiosquero de mi barrio  y yo para que me guarde todos los meses mi revista favorita. Una firma que, lejos de aclarar el panorama político nacional, ha emborronado aún más la situación abocando casi por completo al país a una legislatura fallida. Los partidos pueden maquillar sus cifras, pero las matemáticas no mienten. Y esta ciencia se muestra inamovible al sentenciar que 130 escaños están todavía muy lejos de los 175 de la mayoría absoluta. Del mismo modo, las matemáticas nos dicen que 165 votos en contra -PP más Podemos, sin contar con sus brazos regionales- son más que 130 a favor. Ahora es el momento de preguntarse cuál es el objetivo final que perseguían Sánchez y Rivera firmando un pacto que significa tanto a ambas formaciones ante la inminencia de una posible repetición de los comicios en el mes de junio. En el tintero con el que se ha redactado el pacto los negociadores se han dejado asuntos criticados hasta la extenuación antes de las elecciones desde sendas como la reforma laboral del PP -no se contempla su eliminación-, la derogación del Artículo 135 de la Constitución, o la Ley Mordaza. Quizás, tres de las grandes herencias del actual ejecutivo en funciones que quedan en el aire a la espera de conocer el siguiente movimiento de Rajoy.

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La Vanguardia

Un acuerdo que, como se apresuro a deslizar el líder de Ciudadanos en las redes sociales, era un guiño a la abstención del escuadrón de Rajoy. “Espero que el PP se sume al acuerdo constitucionalista, que defiende la unión de los españoles, la regeneración y la estabilidad económica.” Es curioso como con las urnas todavía calientes, el grupo popular sondeó la posibilidad de un acuerdo de las fuerzas constitucionales –PP, PSOE y C’s-, recibiendo un rotundo no por respuesta desde Ferraz. Sin embargo, dos meses después, parece que la idea no era tan descabellada y solo era cuestión de cambiar la cabeza visible. Un enroque ajedrecístico entre socialistas y centristas que también ha recibido la negativa desde Génova, faltaría más. Por el contrario, parece que el PP ha decidido dejar de lado el perfil bajo que venía manteniendo desde los comicios –forzado en parte por las visitas de la UCO a diferentes sedes regionales– para pasar a la ofensiva apretando las tuercas a la legislatura. Sin embargo, el pacto alcanzado entre socialistas y Ciudadanos representa una nueva capitulación de un Mariano Rajoy cada día más cuestionado entre sus filas, y que ahora no cuenta con la fuerza del PP valenciano que le sostuvo en sus momentos más duros durante el Gobierno de Zapatero. El pacto es un regalo envenenado que, de tibio, sería muy difícil que cualquier votante del PP no lo aceptase como propio. Sin grandes cambios estructurales, y encaminado a contentar a una mayoría social a cambio de relajar las aspiraciones de PSOE y Ciudadanos, la no abstención de las butacas azules del Congreso dispararía el desgobierno nacional hasta los siete meses, un arma que Sánchez y Rivera afilarán de cara a unas nuevas elecciones.

Y al final, me pregunto qué votante se sentirá más traicionado después del pacto firmado, ¿el del PSOE o el de Ciudadanos?. Dos escuadras que durante el mes de diciembre hicieron campaña por desterrar al Partido Popular de las instituciones y borrar cualquier rastro que oliese a Rajoy, y que ahora se agarran a la abstención de los 123 ‘fieles’ al gallego para sacar adelante una quimera. Un, ‘no erés tú, soy yo’, que huele a patadón hacia delante desde PSOE y Ciudadanos. Por un lado, Sánchez ve como se consume su tiempo al frente de los socialistas con el aliento de los barones regionales en el cogote a la espera de la celebración de un Congreso Federal que promete ser una sangría. Al otro, Rivera apura las opciones de convertirse en trascendental después del batacazo de las urnas.

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Revisando el pacto alcanzado, más allá de la polvareda levantada por el planteamiento de suprimir las Diputaciones provinciales, los votantes se encuentran un ‘quiero y no’ político. Un texto con el que es difícil que se identifiquen los votantes de dos partidos que, en un principio, se encuentran a kilómetros de distancia. Curiosamente, el PSOE malgastó media campaña electoral tachando a Ciudadanos de ser la marca blanca del PP. Porque lo malo de juntar el rojo y el naranja en una paleta, es que el color resultante -un amarillo triste- no sirve para pintar ni de rojo ni de naranja nada. Ambos han cedido en líneas rojas que defendieron a ultranza y marcaron como enseñas de sus programas a las primeras de cambio. Así, reformas como el contrato único, la eliminación del fracking, cancelar la subida del IRPF, maquillar la subida del SMI, apoyar la intervención de la OTAN en Siria, etcétera, se han quedado por el camino. Tantas vallas puentadas que al final es difícil discernir el cariz de la política que impulsarían ambos partidos. ¿Progresista? ¿Conservador? ¿Liberal? ¿Pichi picha? Mientras, en la sala de al lado, Errejón salía escoltado por los suyos para escenificar el cabreo de Podemos después de ver como Sánchez finalmente no pasaba por el aro y el nuevo ‘Frente Popular’ volvía al cajón de polvo. Si sesenta y siete días de desgobierno les han parecido muchos, abróchense el cinturón porque ahora es cuando vienen las curvas de verdad.

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