Una nube de polvo

Hoy se cumple la primera semana desde que la enegrecida tierra del norte de León devoró la vida de seis mineros en el Pozo Emilio Valle.  Durante este lunes ha comparecido en la bocamina de la Llombera de Gordón el representante del Comité de Empresa de la Vasco, y adelantó que la fatídica grieta del tajó siete expulsó 12.000 metros cuadrados del letal gas grisú. «El caudal de gas liberado no hay turbina que lo aguante, solo tuvieron tiempo de sentir una nube de polvo», aseguró. Una triste nube que ha servido para refrescar la memoria de aquellos que durante el mes de julio de 2012 tacharon de terroristas a los cientos de mineros que llevaron a cabo la III marcha negra hasta las mismas puertas de Madrid. Y que ha revivido los tiempos más duros de una profesión acuciada desde hace años por un futuro incierto.

Una labor, la de minero, tan criticado por la famosa mayoría silenciosa que resulta extraño encontrar un medio de comunicación que no haya azotado a estos picapedreros. Una de esas profesiones que nadie quiere desempeñar pero que fue tan necesaria para la expansión económica de los cincuenta que resulta incomprensible semejante inquina. Quienes se atreven a criticar los “privilegios” de aquellos que se adentran cada día bajo el suelo es porque no han visto una mina ni a 100 kilómetros de distancia. Vayan a Nalón, a Mieres, acérquense a la Llombera de Gordón o viajen a lo más profundo de El Bierzo y rebátanle a quién se ha adentrado 700 metros bajo tierra durante tres décadas si tiene o no derecho a prejubilarse con 52 años. Entre toses y jadeos, provocados por la inhalación diaria del silicio, le contará lo que significa caminar por un pasillo de 2 metros de ancho por 1,50 de altura cada jornada. Le explicará cómo se puede soportar la humedad que cala hasta los huesos entre galerías infectadas polvo. Le relatará las historias de los compañeros que un día bajaron para no volver a subir, o los que el puto cáncer de pulmón decidió llevarse. Conocerá el sufrimiento de las familias que cada día esperan impacientes que su padre, marido, hermano o hijo alcance la bocamina habiendo esquivado los peligros que acechan en el tajo. Le narrarán como se soporta vivir durante tantos años sumergidos en la oscuridad mordiendo carbón sin saber si volverán a ver el sol. Y si después de todo sigue dudando, enfúndese el mono, póngase el caso y atraviese la superficie con la única ayuda de un pico. Luche contra la dura roca de tú a tú, como lo hacen los picadores.

Habrá muchas cosas discutibles en torno al futuro de la minería, pero no negar a esa legión de héroes anónimos que caminan, en ocasiones de rodillas, entre las entrañas terrestres lo que se han ganado sacrificando su salud y su vida. Y no son héroes por la labor que desempeñan, lo son por atreverse a hacerlo día a día, mes a mes durante más de 25 años. Ahí no se baja por dinero. Como dijo Pérez Reverte, “un territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta”. Si España tiene un territorio comanche, está en las bocaminas.

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