¡A mí no me mires!

Pocas tradiciones se encuentran más arraigadas en el subconsciente español que la de delegar. Cuando vienen mal dadas claro. Desde pequeños hemos sido educados para, ante cualquier atisbo de problemas saltar con un “yo no he sido”. Después nos hacemos mayores y perfeccionamos ese ‘ligrerismo’ autóctono tan nuestro. “Pregunte en la ventanilla de enfrente”, “eso lo llevan en otro departamento”, “para darse de baja marque la extensión 132-4983-498-##*584 mientras hace el pino con la nariz”, “el chuletón estaba así cuando lo compre”, y un largo etcétera de ejemplos en los que sustentar esta teoría. Sí, todos lo hemos hecho con mayor o menor éxito. La problemática llega cuando al echar balones fuera no molestamos al Grupo de Interpretación Micológica de Teruel (desconozco de su existencia), sino que rompemos las ventanas, puertas, dejamos cuatro heridos y el edificio en llamas. Los jóvenes que estaban disputando este partido que acabo mal tirando a desastre, son bien conocidos por todos: el Banco de España (BdE), la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), Bankia, Caja Castilla la Mancha, Novagalicia Banco, Catalunya Banc y el Banco de Valencia. El balón con el que desguazaron nuestro querido edificio metafórico no es otro que el ladrillo.

Sede del Banco de España

Y todo esto ¿por qué? os preguntaréis. Pues resulta que el pasado domingo se publicó que el Banco de España avisó a la CNMV en 2010 sobre el efecto contraproducente que podría tener la introducción de nuevos requisitos para la emisión de preferentes porque podían llevar a los minoristas a “un cierto engaño”. Esta información, puramente anecdótica viene a añadir un culpable más a la lista. Si hasta ahora todos los caminos apuntaban al Banco de España, como órgano supervisor de las entidades, como principal responsable de los tejemanejes ideados por los bancos y cajas, ahora resulta que el balón llega un poco más lejos. Es interminable la lista de “yo no he sido, pregunta al anterior”, que han ido saliendo a la palestra en los últimos meses.

Miguel Fernández Ordóñez

El primero en sacudirse el polvo de los hombros tras la caída del edificio fue el Luís de Linde, actual Gobernador del BdE. “Se actuó con poca decisión o de modo insuficiente o inadecuado (…) había una especie de euforia que llevaba a no ver, o no querer ver, los riesgos que se estaban acumulando”, admitió en su comparecencia en el pleno del Congreso. Con estas palabras retrató los últimos doce años del Banco de España, y enterró, más si cabe, las carreras de sus predecesores Jaime Caruana y Miguel Fernández Ordóñez. Pero, obviamente, la cuerda no acaba aquí. Si estiramos del lado de Ordóñez llegamos hasta el PSOE, partido que lo aupó a la cima de la institución. Y del que fue secretario de Estado de Economía. El principal error de este fue dejarse sepultar por la losa del partidismo imperante. (Por no hablar de su desconocimiento del mundo financiero). Sin embargo, la principal carga que dinamitó la estancia de Ordóñez en el cargo fue el agujereado legado que había recibido de Caruana. Si, la tan cacareada “herencia recibida” se había inventado mucho antes de Mariano Rajoy o Mourinho. Y él lo sabía. De hecho recibió en mayo de 2006, un mes después de tomar posesión, una carta de los inspectores del BdE en el que, textualmente, se decía “Sin alarmismos injustifiados, si hay motivos suficientes para la preocupación por el legado de Caruana”. Eh, toréalo. Pues no, a Ordóñez el Miura se lo llevó por delante hasta los corrales. Esta misiva, por cierto, no fue la única remitida por el grupo de inspectores que desde 2005 percibían, y avisaron de un recalentamiento excesivo de la economía española.

Y cómo esto es sólo un ínfimo resumen, os adjunto un croquis para completar los huecos del texto. De Mariano Rajoy a José Luís Rodriguez Zapatero, que delega en Pedro Solbes, remitiéndose a la pasividad del Banco de España en sus informes elaborados por los inspectores; que devuelven la pelota a sus gobernadores a los que acusan de hacer caso omiso a sus análisis; que la lanzan a la borrachera de ladrillo y crédito fácil de las cajas, y que rebota para volver al BdE y acabar, por ahora, en el tejado de la CNMV. Claro, normal que el balón se haya pinchado por cuarenta sitios. Demasiado nos había durado.

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